miércoles, 23 de julio de 2008

III. Las primeras enseñanzas

Nunca fui una diva, pero si trate de ser la mas perra o de menos la mejor durante las noches que andaba de trotacalles luchando contra el sueño, el frio, el sentimiento de sentirme sucia por dentro a pesar de que de vez en cuando me gustara todo ese bonche de explosiones dentro de mì cuando era poseìda, cuando estaba fuera de mis cabales y no era yo misma sino energia pura; o luchar tambien contra el peligro de que tocara algun degenerado como muchos que andan sueltos por ahi.


Es por eso que a veces me esfuerzo, para que el cliente quede satisfecho y si no esta feo, pues porque no gozar ambos y sacarle el mayor provecho posible; por mi parte salia con doble beneficio; un poco de dinero facil y lo que siempre buscaba en algunos momentos, era esa faltante de cariño.


Todos los hombres son unos cabrones, pero la vida me hizo aprender que no todos estaban hechos del mismo molde. Sino que nosotras mismas, somos las que lo hacían diferente con nuestras falsas apreciaciones, que si un hombre es algo más que una verija que nos protegerá de todos los males eternos y etereos que subyugan a la mujer. Su salvador, su redentor, lo que te podrá completar y te hará ser y sentir una mujer de verdad. Eso fué lo que desde un inicio se me enseño, a no ser mujer sino tienes un hombre. Y siempre rechazé esa idea, aunque fuera algo cierto.
El destino me colocó en esta desición de ser puta, y lucho contra ello, lucho contra el hecho de no ser mujer sino tengo un hombre. Y mi manera de luchar es no tener uno, sino tener más de uno, tener a todos los que pueda y que cada uno me mantenga mientras me hace a su modo. Esa fue la enseñanza tergiversada. Sí para vida de sentirme útil habria de ocupar un hombre lucho contra ello, porque soy capaz y tengo muchos, ellos me usan, vivo de ellos sí. Pero al final la satisfacción que me queda es que no soy propiedad de nadie, simplemente me tengo a mí misma.

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